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Tecnofobia en el Tercer Mundo – Mario Bunge

El nivel alcanzado por la técnica en una nación es un indicador objetivo de su grado de desarrollo. Un país que sólo produce una pequeña fracción de los productos manufacturados que consume, o que los produce todos con ayuda de técnicas importadas, es subdesarrollado aunque sus comercios ofrezcan de todo. No es que el desarrollo técnico sea el único componente del desarrollo nacional, pero sí es un componente necesario del mismo.
Ahora bien, a pesar de las consecuencias negativas del desarrollo industrial no se puede dar por descontado que éste sea deseable. Ninguna persona razonable puede tolerar la contaminación ambiental por desechos industriales y el agotamiento de recursos naturales, sin contar con el tedio del trabajo en cadena y los cinturones de “villas miseria” o “ciudades perdidas” que se forman en torno a las ciudades industriales del Tercer Mundo. Sin embargo, curiosamente, estas consecuencias negativas del desarrollo industrial sólo suelen ser apreciadas por un pequeño sector de la población: el sector educado que simpatiza con los movimientos ecologistas, pero no suele proponer medidas concretas para evitar las consecuencias negativas de la industrialización.
En el Tercer Mundo las corrientes anti-industrialistas, y por lo tanto tecnófobas y anticientíficas, tienen raíces diferentes. Una es la oligarquía terrateniente y ganadera, y otra es la intelectualidad de izquierda. La actitud de la primera se comprende, no sólo porque se inspira en una ideología medieval, sino también porque la burguesía industrial tiende a desplazarla económica y políticamente. El choque de las dos clases es un replay del mismo conflicto que se resolvió en Europa hace uno o dos siglos, y que nunca existió en los EE.UU.
Lo que no se justifica es el anti-industrialismo de la izquierda tercermundista. Ya a principios del siglo XX el Partido Socialista Argentino, llevado por su hostilidad a la Unión Industrial Argentina, preconizaba el librecambio, que sólo podía perjudicar a la naciente industria nacional y favorecer a los industriales de Manchester. (El librecambio, como la libertad en general, sólo acarrea beneficios mutuos entre iguales.)
Hacia 1960 surgieron en otras partes de Latinoamérica los teóricos de la dependencia, que se opusieron a la política de industrialización preconizada por la CEPAL, creada y dirigida por el eminente economista Raúl Prebisch. (Véase Prebisch 1981.) Aquellos teóricos o, mejor dicho, ideólogos, sostenían que la industrialización aumenta la dependencia respecto de las potencias centrales. No ofrecían estadísticas en favor de esta tesis ideológica, ni habrían podido obtenerlas porque la tesis contradice la propia definición de “dependencia”. En efecto, una condición necesaria de dependencia es la carencia de producción propia y la consiguiente necesidad de importar productos y know how a los precios que fije el vendedor instalado en un país central.
Se dio así la paradoja de un contubernio tácito entre la oligarquía terrateniente y una fracción de la izquierda. Su contrapartida en economía política es lo que el economista Hirschman (1981) llamó la “alianza blasfema” de los teóricos de la dependencia con los economistas ortodoxos, en particular los monetaristas, contra los economistas del desarrollo, desde el jamaicano Sir Arthur Lewis hasta el argentino Raúl Prebisch. En esta, como en otras cuestiones, es preciso no dejarse engañar por las etiquetas políticas tradicionales. Aveces, la disyuntiva inteligencia/ingenuidad es más pertinente que la carcomida dicotomía izquierda/ derecha.
Todo esto no implica aceptar la llamada política “desarrollista”, que identifica el desarrollo nacional con la industrialización incontrolada, así como la equivalencia de lo nuevo con lo bueno. Es preciso comprender que el desarrollo auténtico y sostenido es integral, no sectorial: que abarca no sólo la industria sino también el agro; ni abarca sólo la economía sino también la cultura y la política (véase Bunge 1980,1989). También es preciso reconocer que la industrialización y la innovación incontroladas pueden ser nocivas.
El problema es dar con estímulos justos, que no privilegien a un sector a expensas de otros, y con controles inteligentes, que no asfixien la inventiva y la iniciativa. Un problema conexo es el de evaluar las innovaciones propuestas antes de llevarlas a cabo, o sea, hacer technology assessment. Es preciso procurar anticipar si tal innovación radical o cual megaproyecto habrá de satisfacer necesidades básicas o aspiraciones legítimas, o no hará sino satisfacer caprichos de privilegiados y perjudicar a los más.

Extraído de: Filosofía de la tecnología y otros ensayos – Mario Bunge, págs. 35-37


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