Karl Marx, parafraseando apócrifamente a Georg Wilhelm Friedrich Hegel, dijo que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen dos veces: una vez como tragedia y otra como farsa. Hoy, en un mundo donde la geopolítica mundial es reconfigurada por las grandes potencias, esta máxima resuena con una inquietante claridad. Los intereses estratégicos de estos países están redefiniendo las relaciones internacionales, dejando a Europa en una posición incierta y vulnerable.
El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha puesto en peligro la existencia misma de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una alianza que durante décadas ha sido el eje de la seguridad de los intereses de lo que el ministro ruso Sérguei Lavrov tildó como “Occidente colectivo”. Este debilitamiento de la OTAN no solo deja a Europa en una posición vulnerable, sino que también evidencia la creciente indiferencia de Washington hacia los intereses europeos, priorizando sus propios objetivos estratégicos.
En este contexto, las recientes negociaciones entre Estados Unidos y Rusia sobre el fin de la guerra en Ucrania son un ejemplo claro de cómo las grandes potencias manejan los conflictos internacionales. Ucrania parece destinada a convertirse en un botín a repartirse entre dos imperialismos: el estadounidense y el ruso. Ambos países actúan exclusivamente en función de sus propios intereses, dejando de lado cualquier consideración ética o humanitaria. Esta dinámica hace más notorio que nunca el carácter depredador del poder mundial, donde los pequeños Estados quedan atrapados en las disputas de los gigantes.
Ante esta realidad, los países europeos, actualmente empequeñecidos en comparación a su época imperial entre los siglos XVI y XX, se encuentran en una encrucijada histórica con dos caminos posibles.
En el primer camino, algunos países europeos podrían optar por resignarse a su papel de periferia geopolítica, aceptando ser meros espectadores en el tablero internacional. Esto es lo que ocurre con Estados pequeños y “pacifistas” como Suiza o Suecia, cuya neutralidad histórica desde siglos atrás les ha permitido mantenerse al margen de los grandes conflictos. Para estos países y otros más —como Dinamarca, Países Bajos, Portugal, entre otros—, aceptar su posición en la periferia sería simplemente formalizar el papel que ya han desempeñado en las últimas décadas. Sin embargo, esta opción no es viable para las potencias europeas con aspiraciones mundiales, cuya historia política y ambiciones económicas no les permiten conformarse con un papel secundario.
Así,
el segundo camino es que países con una larga tradición imperial y
belicosa —como Alemania, Francia o el Reino Unido— podrían tomar
conciencia de la necesidad de asumir sus propios gastos de defensa y
asegurar sus intereses económicos sin depender de Estados Unidos.
Este camino, en un análisis muy simplista, implicaría una Europa
más autónoma, capaz de defenderse por sí misma en un mundo
multipolar donde las alianzas tradicionales ya no son garantía de
seguridad. Sin embargo, desde una mirada más profunda esto podría
significar el retorno de viejas prácticas imperialistas que
caracterizaron la historia de Europa y del resto del mundo hasta la
primera mitad del siglo XX.
Así, el verdadero peligro radica en lo que podría suceder si las grandes potencias europeas deciden retomar el control de su seguridad y sus intereses mundiales bajo los mismos principios imperialistas del pasado. Estos principios nunca desaparecieron; simplemente se ocultaron tras una retórica de derechos humanos, democracia e instituciones multilaterales, todo bajo la protección militar de Estados Unidos. El militarismo, la carrera armamentista y los conflictos expansionistas que marcaron buena parte del siglo XX podrían resurgir en el siglo XXI, trayendo consigo aquellos viejos fantasmas que muchos creíamos enterrados. De hecho, esos fantasmas ya comienzan a asomarse en forma de extrema derecha, nacionalismo exacerbado y discursos xenófobos que ganan terreno en varios países europeos. El retorno del militarismo y del imperialismo sería el complemento ideal para estas tendencias, configurando un escenario ominoso que nos retrotraería a las épocas más oscuras de la humanidad.
En este contexto, Europa tiene ante sí una disyuntiva crucial: avanzar hacia una mayor autonomía estratégica, pero con responsabilidad, o sucumbir a los instintos imperialistas que alguna vez devastaron al continente y al mundo. La decisión que tomen los líderes europeos en los próximos años no solo definirá el futuro del continente, sino también el equilibrio de poder en un mundo cada vez más fragmentado y peligroso.
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